sábado, 17 de septiembre de 2011

EL VIAJE DEL ELEFANTE


Cuando invitó Gilda Lopes a José Saramago a la Universidad de Salzburgo para hablar a los alumnos de la Universidad y luego se le invitó a una cena en su honor, nunca imaginó que ahí nacería, más que nada por su enorme curiosidad e imaginación, su novela El Viaje del Elefante.

El restaurant El Elefante, contenía unas figuras puestas en hilera entre edificios y monumentos que "narraban" un itinerario. Le explicaron que era la representación de un viaje de un elefante que en tiempos del rey Juan III se realizó desde Lisboa hasta Viena. Saramago supo que ahí había una historia para contar. Tal explicación se encuentra en las propias palabras de Saramago en este fascinante relato de 270 páginas.

Imbricando su ya conocida sabiduría de los hechos que narra, su dominio del lenguaje, su conocimiento de la naturaleza y condición humana con sus altibajos, sueños, fantasías, "narrativas" y mitologías, este relato de Saramago del viaje del paquidermo que como regalo le da el rey Juan III a su primo el archiduque de Viena es otra vez, como en su vasta literatura, el viaje de la condición humana enfrentada a su realidad interceptada y recreada por el poder, entre ellos, el de la iglesia católica, con la que Saramago estableció una larga discusión.

Narra los peligros, peripecias, "milagros", "sueños" (sí, sueños) que Salomón (así se llamaba el elefante) y luego Solimán (así le cambiaron el nombre al paquidermo durante el viaje) y su guía, primero Subhro y luego Fritz (también le cambiaron el nombre) enfrentaron en su larguísimo trayecto por tres países. Así como con la riquísima interacción con los caprichos, ocurrencias, diatribas y demás de los dos dueños del alma tanto de Salomón como de Subhro: el donante rey Juan III y el receptor, archiduque Maximiliano de Austria con sus respectivos cónyuges, consejeros y demás especies de sus cortes, sobre todo, el primero de ellos (no hubo tiempo para conocer un poco más al segundo).

Me encariñé con Salomón y Subhro y me entristecí cuando en la siguiente página después de su entrada triunfal a Viena y haber hecho el milagro de salvar a una niña de cinco años, Saramago nos dice: "el elefante murió casi dos años después..."

Hubiese querido saber más acerca de su nueva vida en Viena, después de haber conocido sus sinsabores y agridulces días durante el trayecto, pero no...así es como el premio nobel me dice que si quiero saber más del asunto... tendré que imaginarlo yo mismo o buscar en la literatura vigente acerca del tema.

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