lunes, 5 de abril de 2010

EL PODER CULTURAL EN EL DESARROLLO EMPRESARIAL


EL ASCENSO NIPON: LA OTRA CARA DEL MILAGRO JAPONES.
Maurits Montañez

El arrozal japonés.

El 6 de agosto de 1945, en Hiroshima, era un lunes como todos los de aquel año, marcado por las restricciones, las derrotas, las evacuaciones y el trabajo obligatorio. En casi todas las casas, las mujeres preparaban el desayuno en el brasero que servía de hornillo y de estufa. Fuera de casa, los trabajadores se disponían a comenzar la jornada.

La ciudad de Hiroshima tenía fama en todo Japón por la belleza excepcional de sus sauces. Este importante puerto y gran ciudad industrial, a pesar de no haber sufrido en gran medida los horrores de la Segunda Guerra Mundial, fue condenada ese día a ser la primera victima del arma más terrible, atroz y brutal que haya creado la humanidad: la bomba atómica.

A las 8 horas y 9 minutos, el avión Enola Gay se dirigía hacia el oeste, a una altura de 9,530 metros. Debajo de él, la ciudad de Hiroshima se mostraba al descubierto. En su visor, el comandante Ferebee, artillero, vio deslizarse un panorama al cual estaba acostumbrado. Bien pudo haber sido la fotografía del objetivo que estudió una docena de veces. El punto de referencia –un gran puente sobre el brazo principal del río Ota– se desplazaba hacia el centro de la retícula.

–Ya lo tengo –dijo Ferebee.

Puso en marcha la sincronización automática para el minuto final del lanzamiento. Cuarenta y cinco segundos después, hizo girar el botón de la radio para señalar que, en quince segundos, se desprendería la bomba.

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